Salí de la última clase del día y me senté en una de las bancas de cemento que por suerte no estaba copada de estudiantes que mantenían animadas algarabías.
Te busqué con la mirada y no te vi. Era el final de una tarde gris y algo oscura. Agucé la mirada y mi atención, pero no te vi. Creí que esa pequeña ansiedad que se manifestó como una sutil opresión en el pecho presagiaba que te vería al finalizar el día. Sentía de antemano la alegría de verte aparecer por una esquina del parque, la sonrisa inatajable y la felicidad que iluminaría mi rostro. Me imaginé que tu cara también resplandecería y apresurarías el paso hacia nuestro encuentro para decirme: “¿me invitas a un café?” ¡Que felicidad! Pasaron unos largos, largos minutos y no te vi.
Por una esquina del Parque asomó la figura de aquel compañero; alto, atlético, bien parecido, lleno deconfianza en si mismo y, el colmo, muy destacado académicamente. No sé por qué nunca me simpatizó, tal vez por su insistencia en ser amigable conmigo y ayudarme en todas mis falencias académicas; tal vez por sus aires de sabelotodo y exagerada autoconfianza; no sé.
Al principio lo vi dirigiéndose a uno de los puestos de venta de café; sentí una especie de desagrado;no era la persona a la que quería ver en esa escasa multitud de desconocidos. Era un sentimiento intangible pero molesto. No sé por qué, pero no te vi. Cuando fijé mi mirada me sorprendí al ver que no llegaba solo; estabas tomando su brazo. Me quedé sentado en la misma banca por unos instantes; me viste, pero nunca me miraste.
Regresé caminando a casa, rumiando la tristeza que se manifestó como una sutil opresión en el pecho.

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